March 11, 2012

Permiso para sentir

Here I am, fully reinvigorated. I had a wonderful weekend, although unfamiliar in some aspects. I really needed to get away for a couple of days and catch my breath.

About the alcohol, my former psychoanalyst said once that since my solution to everything is repressing things, the alcohol was the only way for me to let go of a few of those repressed things. I think I’m not repressing much nowadays, for the record.

I’ve been rereading comic books such as Daredevil, X-Factor, Sandman Mystery Theater Sleep of Reason (I think my trust in John Ney Rieber was excessive on this one), and of course Legion and Conan. Oh yeah, and I am out of bags and boards. Now I’m thinking that one day I am going to run out of space for my comic book collection.

Anyway, I’m including the final art for the drawing that I started a couple of weeks ago. It’s fully inked with a nib and Chinese ink, over lead pencils. It doesn’t look as astonishing as I had planned but it still looks much better than the stuff I used to draw a couple of years ago. Opinions? Comments? Feel free to post whatever it’s on your mind.

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Ya me siento listo para un concurso de coctelería, y estoy seguro que arrasaría con los premios ya no sólo en la categoría de ‘mejor pisco sour’ sino también en la de ‘mejor maracuyá sour’. Este fin de semana debo haber preparado alrededor de 35 copas de maracuyá sour, y teniendo en cuenta que hemos sido un grupo más bien pequeño creo que la cifra demuestra la enorme acogida de nuestro bebida de bandera.

Por supuesto, la demanda se ha distribuido más o menos equitativamente entre un día y otro, y gracias a seguir la máxima de beber con moderación, pude levantarme el domingo temprano para nadar media hora en la piscina. Cada fin de semana en Asia significa romper por completo con mi rutina en Lima, mientras aquí me esfuerzo por no evitar carbohidratos o vigilar calorías, allá termino por caer en la tentación. Gula pura. Qué maravilla. Del mismo modo, mi caminata habitual de 20 minutos desde mi casa en Barranco hasta la bajada de la playa desaparece y es reemplazada por media hora de nado nada sincronizado, pero que igual termina siendo un buen ejercicio. Algo es algo.

En fin, el próximo post seguramente será sobre la Legión de Súper-Héroes o Conan el bárbaro, pero lo cierto es que, para seguir la ilación, terminaré de narrar lo que empezó en el post anterior. Nos habíamos quedado en mi primer encuentro con el gran escritor Alfredo Bryce Echenique. No hay primera sin segunda, dijo alguien, y entre Bryce y yo podría decirse que tampoco hay segunda sin tercera, pero no nos adelantemos más de la cuenta. Ahí va, directo de mis archivos privados, mi segundo encuentro con Bryce (que, dicho sea de paso, incluye también mi segundo libro autografiado por este importante autor).

Sin permiso alguno

Fui lleno de entusiasmo a la presentación del libro de Bryce, y salí con más entusiasmo del que podría haber soñado. Me ha sido permitido sentir al máximo, alcanzar el punto culminante del sentimiento. Y “Permiso para sentir” es el título de la segunda entrega de las Antimemorias de Bryce.

El sentimiento, por supuesto, ha estado presente en cada minuto y segundo del genial discurso de Bryce. Nunca lo vi tan inspirado, ni tan reluciente de optimismo, ni tan alegre, ni tan sobrio. Claro, se iba echando sus tragos de vodka con jugo de naranja que, diligentemente, un mozo le iba sirviendo. Pero comparado a todas las veces que lo he visto, o las veces todas en las que ha sido entrevistado en televisión nacional, ahora era un ejemplo preclaro de sobriedad.
signed edition / edición autografiada

Además, fue simplemente genial empezar su discurso contando el por qué de la corbata que llevaba puesta, pasar a Balo, a varios amigos suyos, contar su accidentada estadía en una conocida isla griega, hecho narrado con magnífico sentido del humor, y así pasar por mil temas y personas, Louis Armstrong, Fidel Castro, García Márquez, el anterior gobierno del país, la situación de aquí, y un millón más de personas con temas, juntos y revueltos, para culminar en pocos minutos con el mejor discurso que he escuchado en la vida. Hay que tener de genio para tocar el corazón de las más de trescientas personas reunidas en el Miraflores Park Plaza; hay que tener más de genio para articular todas las narraciones diversas, sin tener nada escrito, puramente hablando, para alcanzar un discurso perfectamente coherente y entrañable y tierno, y con risas y lágrimas no sólo mías sino del resto del público. Y hay que ser genial, verdaderamente, para decir tantas cosas en una hora, sin que ni una sola palabra sea aburrida, y con tanta alma y tanto innegable y sublime acento propio.

Allí habló por ejemplo de su mama Rosa, la mujer que trabajaba en su casa y que prácticamente lo crió de niño. Y dijo que esa señora, a quien él visitó siempre, incluso con su madre en una de las épocas de mayor violencia, huelgas, llantas quemadas y manifestaciones salvajes, en lo peor de los años ochenta y noventa también, que esa señora dijo una de las dos frases más tristes que había escuchado en su vida. Él siempre la llamaba por teléfono, y una vez, respondiendo a la pregunta de cómo se encontraba, la respuesta fue, “aquí pues chinito” –ella le decía chinito de cariño, de toda la vida – “dándole pena a la tristeza”. Algunos años después, en una entrevista en El Comercio, Bryce señaló que se inspiraría en esta frase para una de sus futuras novelas.

Ese día [estamos en el 2005, este es un texto un poco viejito], Alfredo Bryce estaba de muy buen humor, con energía, con entusiasmo. Había sentido, había tenido permiso para sentir, al máximo y más, en la presentación de sus “Antimemorias 2: Permiso para sentir”. Los presentadores fueron Fernando Ampuero, Alonso Cueto [quien después sería mi profesor de taller de narrativa en la PUCP] y Abelardo Sánchez León, Balo para los amigos. Precisamente en la presentación de Balo, fue una lástima que Bryce acabara de salir de una seria depresión, según me enteré después, y tal vez el cansancio natural de haber estado hospitalizado, o los fuertes antidepresivos, o ambas cosas juntas, fueran las causas de su tan exhausta participación, y casi causas suficientes para no pedirle que me firmara el libro.
maracuyá sour

En esta ocasión, satisfecho por el anterior autógrafo, pensé que no era necesario uno segundo. Quedé tan satisfecho y emocionado después de las palabras de Alfredo Bryce que, honestamente, la noche podría haber terminado ahí y yo tan feliz. Debe haber hablado más de una hora seguida. Quizá mucho más, ni miré el reloj porque no despegaba la mirada del escritor, a quien veía perfectamente desde mi asiento en segunda fila. En ninguna otra ocasión vi a Bryce hablar tanto, ni tan bien, demostrando que estaba ya totalmente restablecido.

Luis Peirano Falconí [actual ministro de cultura], se había sentado a mi derecha. Hablé un poco con él pero la conversación al final fue entre Peirano y Alberto de Belaunde de Cárdenas [a él lo vi hace poco en la cata de vinos argentinos en Asia]. Peirano conocía ahí a todo el mundo, saludaba a treinta personas por minuto, y con casi todos se detenía a hablar unos segundos, sabiendo y recordando siempre qué debía decir y en mi caso se acordaba de mi última misión: obtener por primera vez la firma de Bryce. Y así uno lo veía a Peirano, el hombre de teatro más importante del país, proyectando su voz de un lado a otro del salón, a tal punto que yo supe que él estaba ahí desde temprano porque escuché su voz antes de verlo. Peirano tiene la mejor voz que un actor pueda desear, es una voz que parece imposible para los mortales corrientes. Y cuando fue con su esposa hasta la segunda fila, fue un honor escucharlo decir “bueno, nos sentaremos al lado de Arcadio”.

También me cayó muy bien Anita Chávez, la actual esposa de Bryce, que fue una desconocida pero muy elegante mujer que pidió permiso para sentarse en unos asientos que, de hecho, estaban reservados para ella y sus tres hijas. Y pidió permiso lindo, y habló lindo, y por supuesto saludó a Peirano pero se preocupó de saludar a los que estaban cerca, a mí me dijo hola sin saber quién era, pura amabilidad y simpatía.

Al final de la presentación saludé a Germán Coronado, director general de la editorial que publica a Bryce y a su esposa, Marta Muñoz. Y aunque deseaba acercarme a Bryce fue tan imposible como atravesar un muro de guardaespaldas. Lo que de verdad había era un muro circular de diez o quince fotógrafos, que seguían a Bryce incansablemente, y que lo fotografiaban cada dos segundos o cada paso, lo que sea que viniese primero, y si a ello sumamos el camarógrafo de la televisión, las luces para la cámara, el entrevistador de televisión, más fotógrafos y un bombardeo cruel y cegador de flashes y más flashes fotográficos, llegué a la conclusión que más fácil era atravesar el muro de guardaespaldas que esa locura mediática, fotográfica y televisiva e intrusiva. Alfredo Bryce, además de estar irremediablemente rodeado, era sujetado del brazo una y otra vez por figuras famosas que posaban felices a su lado, por escritores a los que el círculo permitía ingresar, y por varios sujetos importantes que sujetaban su brazo y hasta lo llevaban de un lado a otro, casi zarandeándolo, pero felices de ser fotografiados y tener asegurados sus comentarios y / o fotos en las páginas sociales.

También saludé a Saúl Peña Kolenkautsky, que nuevamente, como la otra vez, se quedó hablando con Alonso Cueto. Al final de la presentación, a la hora del brindis, las cosas se iban a nivelar. Y es que yo, a diferencia de la vida cotidiana, cuando empiezo a tomar entro en franca competencia; y, como nunca, se cumple esa máxima de lo importante no es ganar sino competir, por eso al día siguiente son los estragos de la competencia. Ni hablemos de cuando quedo en primer puesto.
my final version / mi versión final

En esta ocasión debo haber sido de lo más competentes o competitivos, si quieren, y seguramente habré quedado entre los primeros puestos. Como este hotel, ubicado en el malecón de Miraflores, con preciosa vista al mar y al costado de un apacible parque, además de lujoso, también fue suntuoso a la hora del brindis bienhadado. Además de las infaltables e inacabables copas de vino, tinto y blanco, hubo peruanísimo pisco sour y riquísimo vodka con jugo de naranja. Pero también, la gran novedad y mi favorita de la noche, fue una bandeja con una botella de Johnny Walker etiqueta negra que llegaba a mí siempre, porque yo la perseguía siempre, y casi sin darme cuenta del mozo que la llevaba, pedía por favor que sin hielo, sin agua, puro de pura pureza, y rápido por favor. Lo cierto es que había entrado de lleno en la competencia, y hasta había olvidado que aquí la velocidad nunca ayuda, sino más bien perjudica, que lo mejor es tomar con calma para poder tomar más y seguir haciéndolo.

Al final no había más whisky, pero fui tomando una tras otra mis copas de vino tinto, infaltables e inacabables, indispensables al menos. Me había quedado compitiendo y tomando, o ambas cosas que son una misma en esta competitiva vida nuestra. Por todas estas razones entremezcladas, y porque pude, me fui acercando donde un Bryce al que ya solamente lo rodeaban un par de fotógrafos y un grupo de amigos suyos, de los incondicionales. La gente se estaba yendo, y poco a poco los dos salones y el corredor, que era el espacio destinado para la presentación, fueron quedando prudencialmente deshabitados, al punto que ya podía estar cerquita a Bryce. Recordé el ceño fruncido de una señora a la que Bryce no firmó el libro, más tarde, le había dicho, y no quise apresurarme. En todo caso, al final de la presentación y al inicio del brindis, lo último que debe desear un escritor es ponerse a firmar, cuando lo primero que desea hacer es abrazar a todos sus amigos y charlar y estar tranquilo.

Ya había pasado una hora pero en ese lapso mucha gente se había retirado. Por eso, aproveché para estar al lado de Bryce, casi hombro con hombro, escuchando quizá maleducadamente su conversación con amigos, quedándome ahí como si fuera un amigo más. Alfredo, una foto juntos, ¿te parece bien? Fue todo lo que hizo falta para tener al día siguiente la foto más preciada y valiosa del mundo, una foto en la que Bryce sujeta su vaso de vodka con limón mientras a mí me sostiene una copa de vino tinto, y probablemente, sin esa copa sosteniéndome me hubiera desplomado como un saco de papas. Solamente nosotros dos. Ya luego me tomaron otra foto en la que Bryce me está firmando una segunda vez un libro, este libro, que es segunda parte del primero que me había firmado primero. Cuando puse a prueba mi suerte él me dijo te firmo el libro pero rápido para que nadie más se dé cuenta. Esa complicidad fue un valor añadido. Ya cómplices le pedí mil disculpas por haberlo hecho firmarme el primer libro en aquella presentación, porque lo había visto tan mal y cansado y aún había insistido, él dijo que no te preocupes, ni me acuerdo. Mejor, y un poquito de peor. Mejor porque no me siento nada culpable por esa intrusión, pero un poquito peor porque eso quiere decir que no se acordaba de mí. Por último, le dije que esta vez Alfredo, has estado mucho mejor que en lo de Balo. Solo al final me di cuenta que lo estaba tratando de Alfredo y a Sánchez León de Balo, como si yo fuera uno más de los amigos. Siempre se ha dicho que en Perú todos admiran más a Vargas Llosa, pero quieren mucho más a Bryce. Yo a Bryce lo admiro muchísimo más y siempre lo he querido infinitamente más. Tal vez por eso que me terminé autoincluyendo en el grupo de los amigos, y por eso esas confianzas de decirle Alfredo como si se tratara de un antiguo y entrañable amigo, aunque también, ahora que lo pienso, con tantas novelas suyas y miles de páginas leídas, Alfredo Bryce Echenique sigue siendo un genial escritor, una maravillosa persona y por simple asociación de ideas, un amigo de la vida.

Es probablemente cierto que no hacía falta competir tanto, porque a esa hora cualquier hombre prudente hubiera dicho basta. Pero para mí no bastó todo el alcohol ingerido, pensando que mi vida es un gran vacío que única y ocasionalmente se llena con alcohol o con situaciones buenas y alegres que son tan infrecuentes, y así [siete años después, obviamente he cambiado de opinión, ya no considero mi vida como un gran vacío, aunque, claro, nada me impide tomar un par de veces a la semana o más, según la ocasión lo amerite].

Lo cierto es que al día siguiente fueron los estragos de la competencia. Ni pude desayunar ni almorzar, tampoco fui a la universidad. Además, tuve la sensación horrible de despertarme sin saber cómo había llegado a casa, y vi que el libro heroicamente había resistido unas manchitas de vino, y que por lo demás se encontraba en perfectas condiciones. Larga vida a la competencia y, cómo no, a Bryce.

2 comments:

  1. O teu desenho ficou muito fixe mesmo!
    Parabéns!
    A composição tinha tudo para ficar bem, e... ficou!
    ;)

    Abraço

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    1. Hola Bongop, muchas gracias. Creo que ha quedado bastante bien.

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